«La sanidad no puede ser un juego especulativo en manos de políticos» — Omnivoraz

«La sanidad no puede ser un juego especulativo en manos de políticos»

Una entrevista con José Luís Prieto Varela, Txiki, Transporte Interno y Gestión Auxiliar —TIGA— en el Hospital Puerta de Hierro (Madrid).

Un joven criado en el medio rural se desplaza a la mayor área urbana de su país para trabajar en el sistema sanitario, donde debe enfrentarse a la más grave pandemia conocida en siglos con una enorme escasez de medios técnicos y humanos. Y sin que nadie estuviera preparado ni para la propagación de la nueva enfermedad ni para la exigüidad de recursos. Con menos sinopsis que esta se han rodado películas en Hollywood; lo malo es que estamos ante un caso demasiado real y demasiado común. José Luís Prieto Varela, Txiki —Monterroso, Lugo, 1983—, lleva casi cuatro años trabajando como Transporte Interno y Gestión Auxiliar —TIGA— en el Hospital Puerta de Hierro, dependiente de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid. Por su trabajo, ha estado en primerísima línea del frente contra el coronavirus.

A Txiki le ha tocado tener contacto directo con los pacientes, ha visto morir a muchos y ha tenido que transportar sus cadáveres. Y todo ello en unas condiciones de seguridad laboral —física y psíquica— realmente precarias. En esta entrevista nos cuenta su experiencia y la de sus compañeros, indica lo que cree que ha fallado y señala lo que se debe mejorar de cara al futuro. Uno de los valientes profesionales que se han jugado la vida en esta guerra contra un enemigo invisible, el virus, y otro visible, la falta de medios y de referencias.

«Los protocolos de actuación con los EPI y con los propios enfermos cambiaban casi cada día, y no siempre nos llegaba la información en tiempo y forma».

¿Cómo os sorprendió la llegada del coronavirus? ¿Había tanta falta de preparación como parece?

Aquí hubo dos percepciones. A nivel general, se nos «vendió» que era una especie de gripe estacional que podría ser complicada para las personas con patologías previas. En ningún caso se previó en qué se acabaría convirtiendo. Aun así, la mayoría de los que trabajamos en esto fuimos tomando precauciones desde el primer día, con los pocos medios de protección que teníamos, claro está. Luego llegaron la saturación de los hospitales, el disparo de los contagios y las muertes masivas, y ya vimos que esto estaba muy por encima de todo lo que habíamos pensado. Nos vimos desbordados.

En el caso concreto de los TIGA, la situación de partida ya es mala. Realizamos las mismas funciones que los tradicionales celadores, e incluso alguna más, pero no estamos dentro del sistema público, sino que pertenecemos a esa parte privatizada durante la etapa de construcción masiva de hospitales de titularidad poco clara que llevó a cabo Esperanza Aguirre. Trabajamos en lo público, pero la gestión es privada. Además, realizamos tareas que van más allá de lo que es estrictamente transporte y que no están recogidas en nuestros contratos, como pueden ser preparar quirófanos o estar apoyando en hospitalización de psiquiatría. Aparte de que el convenio que rige nuestro trabajo es el de limpieza, que nada tiene que ver con lo que hacemos. Llevamos tiempo reclamando un convenio adecuado a la realidad, tanto por nuestra propia seguridad laboral y sanitaria como, sobre todo, por la de los pacientes.

En mi entorno laboral nadie sabía lo que podía significar el coronavirus ni lo que se nos venía encima. Dicho esto, ya desde el minuto uno se nos hizo saber que habría escasez de equipos de protección individual —EPI— y que no estaba garantizado su suministro. Una escasez que también afectó al personal sanitario, aunque en menor medida. Por otro lado, hubo descoordinación: los protocolos de actuación con los EPI y con los propios enfermos cambiaban casi cada día, y no siempre nos llegaba la información en tiempo y forma. Daba la sensación de que se actuaba en función del material que hubiese disponible, de modo que lo que un día era válido al día siguiente ya no lo era. Y no voy a calificar de «cursillo» la formación que recibimos para usar los EPI en casos de coronavirus, porque fue una explicación rápida que nos dieron y que no llegó ni a cinco minutos. Al margen de esto, cuando hemos tenido alguna duda sobre cómo actuar en el trabajo, nuestras referencias han sido los delegados sindicales, las experiencias de otros compañeros en el día a día y nuestras encargadas, que nos trataron con mucha atención.

«La sanidad no puede ser un juego especulativo en manos de políticos» — Omnivoraz

«He visto a compañeros atender a pacientes usando una bolsa de basura a modo de EPI o, directamente, sin nada para protegerse. Eso no puede volver a pasar».

La existencia y el acceso a los EPI ha sido una fuente de polémica desde que llegó el coronavirus. ¿Cómo son los que utilizas tú y qué uso les dais?

Ahora mismo estamos utilizando EPI reciclados. En teoría son de un solo uso, pero se están reenviando a la lavandería para que se reutilicen, con lo que acaban en muy mal estado. Mascarillas aparte, constan de una bata teóricamente impermeable, dos pares de guantes, gafas y pantalla. Otro modelo que usamos se compone de los mismos elementos, pero con un buzo de trabajo en lugar de la bata. A veces no hay buzo, otras no hay bata, y usamos las mascarillas que haya disponibles, sean adecuadas o no. En fin, tiramos como podemos. Por eso insisto en que no se pueden dilapidar recursos sanitarios, porque después se dan estas situaciones de falta de medios y se arriesgan vidas.

Al principio se dijo que habría que consumir un EPI por cada enfermo atendido; luego se pasó a que fuese uno por cada turno de trabajo, independientemente del número de pacientes atendidos. Después nos indicaron que las mascarillas tenían que durar una semana, lo que llevó a que ahora mismo utilicemos mascarillas quirúrgicas para «proteger» la FFP3 o FFP2 que usamos durante la semana. Y todo esto estando en contacto directo durante horas con enfermos de coronavirus. Surrealista.

He visto a compañeros atender a pacientes usando una bolsa de basura a modo de EPI o, directamente, sin nada para protegerse. Eso no puede volver a pasar. La gente paga unos impuestos fijos para que esto funcione y la sanidad no puede ser un juego especulativo en manos de políticos. La vida de las personas no puede depender de la avaricia de cuatro piratas. Por eso también es necesario que haya unos convenios laborales justos, adaptados a la realidad, que especifiquen claramente las funciones de cada uno y que recojan una retribución económica justa y sin artificios contables.

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«A nivel psicológico, por supuesto que sentimos miedo. Vivimos con una carga de estrés que antes no existía».

¿Y tu salud?

En mi caso, y ha habido otros iguales, no se me realizó ninguna prueba. A día de hoy no sé si he pasado el coronavirus o no, y como yo hay otros muchos compañeros. Un día empecé a sentirme mal, con febrícula y dolor de estómago, pero, a pesar del trabajo que realizo, en vez de hacerme el test, me mandaron a mi casa a cumplir una cuarentena. Fue una decisión del médico de cabecera, ya que ni las urgencias sanitarias, ni mi empresa, ni el servicio público de información habilitado para el coronavirus me dieron soluciones. Volví al trabajo en cuanto pasé la cuarentena sin saber, como he dicho, si he pasado el virus o si aún lo padezco, porque no se me practicó el test a pesar de estar en primera línea.

Eso en lo que se refiere a la parte física. A nivel psicológico, por supuesto que sentimos miedo. Vivimos con una carga de estrés que antes no existía. Siempre digo que en un bolsillo llevo el miedo y en el otro la esperanza. Mi pareja también se dedica a la sanidad y estamos en tensión permanente, tanto por lo que nos pueda pasar a nosotros como por el temor a que estemos propagando el virus de forma inconsciente por los lugares por donde pasamos y a nuestro entorno. Ese miedo te acompaña las veinticuatro horas del día, te impide dormir e incluso concentrarte o relajarte cuando estás en casa, pero cuando decidimos dedicarnos a esto sabíamos que hay que darlo todo por el paciente. Ser conscientes de eso nos ayuda a sacar el trabajo adelante y a dar todo lo que podemos.

Lo que más me impactó fue, sin duda, la velocidad a la que actúa el virus. Una persona que estaba aparentemente bien, al cabo de una hora tenía que ser trasladada a la unidad de cuidados intensivos —UCI—. Por no hablar de los muertos… Fallecen en muy poco tiempo, prácticamente en cuestión de horas. Hablas con ellos y, cuando regresas a la habitación, ya están en el depósito de cadáveres. Eso es durísimo. Como también lo es estar presente en una necropsia, cuando ves cómo es por dentro nuestro cuerpo y lo frágiles que llegamos a ser, aunque los protocolos con la COVID-19 son más estrictos y no he asistido a ninguna desde el inicio de la pandemia.

No voy a negar que el hecho de ver caer enfermos a compañeros, que también son amigos, lo hace todo más difícil psicológicamente. Gente con la que has ido de cena, que han estado en tu casa… es muy duro. Aparte de que muchos, igual que yo, han estado en cuarentena y se han reincorporado sin saber si habían estado infectados o no.

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«La pandemia ha demostrado que todos y cada uno de los profesionales que trabajamos en un hospital somos imprescindibles para que las cosas funcionen».

Entendemos que las rutinas de trabajo se han visto totalmente alteradas en todos los sentidos…

Por poner un ejemplo, el personal de limpieza, de mantenimiento, auxiliares y hasta los de seguridad estuvieron habilitando espacios que estaban destinados a archivo o almacén para convertirlos en UCI. Ese fue un trabajo realizado de forma ejemplar y en un tiempo récord, y facilitó mucho la labor del resto del personal. Merecen más que un aplauso.

Por otra parte, en condiciones normales es relativamente frecuente que haya algún encontronazo con los familiares de los pacientes, pero en la situación actual eso ha desparecido, porque el aislamiento de los enfermos de coronavirus es total. Quiero destacar que muchos de nosotros hemos ayudado a esos pacientes a ponerse en contacto con la familia a través de la tecnología, porque sabemos que estar solo y enfermo es mucho más duro de lo que se pueda imaginar.

A pesar del elevado número de muertos, del miedo al contagio, de la tensión constante y del exceso de trabajo, pude comprobar que la moral colectiva no decayó en ningún momento. Cuando peor lo pasabas o te sentías, siempre había un compañero para animarte o para servirte de ejemplo con su esfuerzo. La capacidad del personal hospitalario para enfrentarse a esta situación con la disposición más favorable, e incluso combativa, fue un descubrimiento. Se sacaron fuerzas de donde no las había.

No quiero dejar de apuntar que ha habido personas, una minoría, que han antepuesto un imaginario conflicto entre público y privado a lo que es la atención a pacientes. Me explico: algún sanitario se ha negado a cedernos un EPI aduciendo que es nuestra empresa quien debe proporcionárnoslo. No se dan cuenta de que vamos a trabajar juntos en una situación de riesgo y en un espacio reducido, y que lo primero es el enfermo y lo segundo la protección de los trabajadores. Ese tipo de conflictos logísticos deben solucionarse en los despachos, pero cuando hay una situación de emergencia no se puede pensar en eso, hay que actuar atendiendo a las prioridades. Ya digo que no ha sido mayoritario, pero ha habido casos.

En sentido contrario, la pandemia ha demostrado que todos y cada uno de los profesionales que trabajamos en un hospital somos imprescindibles para que las cosas funcionen. Desde el personal de limpieza, que deja las instalaciones desinfectadas, hasta el cirujano que interviene a los pacientes, pasando por los miembros de seguridad, que evitan el desorden, o los administrativos, que gestionan todos los datos. Es una cadena en la que absolutamente todos los eslabones son importantes. Modestamente, creo que en nuestro hospital hemos suplido la falta de medios con voluntad y con solidaridad entre servicios, y hemos sacado todo esto adelante a pesar de que la labor de cada uno se complica y se dilata por el hecho de tener que atender a los protocolos de utilización, limpieza y desinfección de los EPI, los instrumentos de trabajo y las instalaciones.

«La sanidad no puede ser un juego especulativo en manos de políticos» — Omnivoraz

«Nos considerábamos la mejor sanidad de Europa y ahora vemos que los recortes nos han convertido en un servicio precario».

Si la pandemia empezase hoy y tuviésemos más conocimiento sobre ella, ¿qué cosas habría que cambiar?

Habría que cambiar muchas cosas, empezando por la dilapidación de dinero público que ha habido durante años. Nos considerábamos la mejor sanidad de Europa y ahora vemos que los recortes nos han convertido en un servicio precario. También cambiaría los protocolos informativos: es necesario tener más datos sobre lo que pasa en el mundo para poder reaccionar, pues, de haber sabido lo que era este coronavirus, los hospitales estarían repletos de EPI. Que esto sirva de lección y se tomen medidas para no depender de que terceros países nos suministren algo tan básico como mascarillas o guantes. Y, desde luego, es necesario mucho más personal en hospitales y centros de salud públicos. Hay que estar preparados, porque algo así puede volver a suceder en este mundo globalizado.

Tampoco sé si el tiempo de descanso que tenemos entre turnos es suficiente; dejémoslo en que es el estipulado. Todo se ha visto alterado por la cantidad de bajas laborales que se han producido, por lo que las libranzas y los turnos se modifican y, a veces, hay que hacer más horas de las recomendables. En los peores momentos teníamos que mover una alta cantidad de cadáveres diariamente, algo que requiere de mucho esfuerzo físico y que, sobre todo, va dejando un poso de miedo y tristeza en la mente. Tal vez un descanso más prolongado ayudaría a sobrellevarlo mejor, pero es lo que hay y siempre tenemos que pensar en los pacientes. Ya habrá tiempo más adelante para reajustar todo lo que ha fallado.

«Si Galicia hubiese sido la zona cero de la COVID-19, estaríamos ante una tragedia enorme».

Imaginamos que tu familia y amigos en Galicia tuvieron que sufrir por ti. ¿Cómo se vio la situación en tu entorno, tanto desde Madrid como desde Galicia?

En todo momento mantuve el contacto con la familia y los amigos que tengo en Galicia. Al principio les notaba cierta despreocupación, como si el coronavirus fuese un fenómeno madrileño que no iba a llegar a las aldeas y pueblos gallegos. Yo no tenía datos para sacarlos de su error, pero sí les advertí que esto no era una broma. Ahora pienso que, si Galicia hubiese sido la zona cero de la COVID-19, estaríamos ante una tragedia enorme. Por la media de edad de la población, por las deficiencias estructurales de la sanidad o por las distancias entre algunos núcleos y los hospitales, nos enfrentaríamos a una mortalidad elevadísima. Mejor ni imaginarlo.

Ahora que parece que ha pasado lo peor, también reconozco que a mi familia y amigos no les conté toda la verdad sobre lo que estaba ocurriendo aquí, para no atemorizarlos. Les hablaba de la alta cantidad de muertos, pero sin entrar en detalles e intentando suavizarlo lo máximo posible. Incluso les contaba mi experiencia con un toque de humor. De nada serviría crearles una preocupación añadida cuando nada podían hacer. Para intentar evadirme de todo esto me he refugiado en la música, tanto escuchándola como haciéndola llegar a mis conocidos y que les conforte.

Finalmente, quiero agradecer aquí su trabajo a todos y cada uno de los profesionales que han estado luchando contra el coronavirus en el hospital: TIGA, enfermeros, técnicos en cuidados de enfermería —TCE—, médicos, seguridad, administrativos, limpieza, mantenimiento, alimentación y cocina, transporte y traslado, farmacia, etc. A todos. Y también a la gente que ha respetado el confinamiento y se ha quedado en casa, porque ha facilitado nuestra labor y ha ayudado a toda la sociedad. Que nadie piense que está libre de contagiarse de este coronavirus.


Hasta el día en el que se realizó esta entrevista —17 de abril— había fallecido un médico por coronavirus en el Hospital Puerta de Hierro. En los días posteriores fallecieron una trabajadora del servicio de limpieza y un TIGA.

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