¿Lobo sí o lobo no? — Omnivoraz

¿Lobo sí o lobo no?

Una opinión de Alarico de Roque, ganadero.

Como ganadero, mi primera reflexión ante esta pregunta es otra: ¿por qué debo posicionarme en uno de los extremos? ¿Acaso tengo poder de decisión? No. ¿El hecho de posicionarme influirá en mi vida? Tampoco. Entonces ¿por qué tanta encuesta en tantas páginas y tantos medios sobre una cuestión que, por eterna, se ha transformado en costumbre? Mi opinión, como en muchos otros problemas en la vida, es que ni todo es negro ni blanco, también existe el gris, y mi particular gris es el que os expongo a continuación.

Lobo sí ¡Rotundamente sí! El lobo controla la población de roedores, de ciervos en algunas zonas, e incluso de jabalís. Sí, aunque parezca el expoliador que baja del monte para comerse nuestro ganado, porque no es el bárbaro invasor que solo trae el caos, sino que es quizás una de las especies más necesarias para que el ecosistema de nuestros montes se mantenga.

Aparte del control poblacional directo que realiza sobre aquellas especies, está el sanitario, puesto que una población excesiva de ratones, ratas, conejos y/o jabalís traería consigo el contagio de sus propias enfermedades a nuestras vacas u otro tipo de ganado. Sin olvidar, además, el daño ecológico que esa superpoblación podría provocar a otras especies. Por ejemplo, en las desembocaduras de los ríos gallegos se crean humedales en los concurren aves migratorias cuya población disminuye constantemente debido, entre otros factores, a la presión ejercida por el jabalí, que come miles de huevos de gran valor ecológico. En definitiva, que el lobo es muy necesario —y casi me atrevería a decir que a día de hoy es muy escaso— no es una opinión, sino una obviedad.

Que el lobo es muy necesario no es una opinión, sino una obviedad.

Ahora bien, lobo sí, pero con control de población y también de movilidad. Lo que no se puede permitir es que continuamente, en las mismas zonas y los mismos ganaderos sufran ataques de lobo, sin que desde las Administraciones públicas se proponga más solución que una batida o una miserable indemnización. Es triste, a la vez que económicamente inviable, sufrir ataques de lobo todas las semanas, pero la situación es todavía peor en zonas en las que ya quedan pocas granjas, porque los frecuentes ataques dañan siempre a los mismos, con sus consiguientes pérdidas económicas. Sin duda, esto contribuye a la despoblación, que perjudica aún más al ya muy tocado tejido rural.

Las causas de estos ataques al ganado son muchas y variadas, pero enumeraré algunas de las que no se habla habitualmente en los medios:

  • El lobo es un animal con un gran instinto de conservación, incluso podríamos decir que muy inteligente para lo que abunda en el reino animal, por lo que nunca saldría de su zona de confort si no se viese obligado a ello. Tiene que alimentarse, pero la masiva despoblación del rural y el consiguiente abandono de las tierras han contribuido a la escasez de muchas de sus presas habituales —como las aves que no sobreviven en un monte descuidado, o la liebre y el corzo, que necesitan maleza baja o praderas—. El abandono deja tras de sí montes intransitables para el lobo; esto le impide ejecutar su brillante método de cacería —en manada, con una estrategia de flancos, bloqueo y carrera— y no consigue abatir a grandes presas, como los jabalís, si no es con la depredación pura.
  • Otro de los factores que influyen, y mucho, son las grandes plantaciones de eucaliptos. La fauna herbívora autóctona no encuentra alimento de ningún tipo bajo este árbol australiano; además, la inseguridad que les provoca un bosque de troncos y con tan poca vegetación empuja a estas especies a zonas más cerradas, y, evidentemente, a donde vaya el herbívoro lo seguirá el carnívoro. Así, la presión del eucalipto reduce, aún más si cabe, la zona de caza del lobo, dejando muy pocas más opciones que acercarse a las zonas donde la ganadería extensiva aún sobrevive. Si el lobo tiene que escoger entre una piara de jabalís o un rebaño de ovejas en la finca de al lado, elegirá lo mismo que cualquiera de nosotros en su situación.
  • Los animales muertos en las granjas también tenían su papel en este ciclo. Antes de la crisis de las vacas locas, el animal que moría en una granja se llevaba al monte, a una zona de paso del lobo, que se alimentaba allí durante unos días. Sin embargo, cuando aquella crisis sanitaria se resolvió, las empresas que se habían creado alrededor de la recogida y destrucción de animales muertos no quisieron dejar un negocio tan lucrativo, y la Administración, lejos de establecer un control sanitario de los animales que podrían destinarse a alimentar a estas especies salvajes, se lo permitió, acusando una vez más su total desinterés por realizar una gestión eficiente del sector agropecuario y del ámbito rural. El lobo perdió así otra fuente de alimento alejado de las casas y los rebaños de ganado.
  • Por último, no podemos perder de vista la presión de algunos grupos animalistas que entienden por conservación de la especie que esta, simplemente, aumente en número todos los años, en cualquier zona, al coste que sea y a costa de quien sea. Cabe recordar que esas agrupaciones, tan de moda actualmente por sus excentricidades —del estilo: «los gallos violan a las gallinas» o «los huevos se los devolvemos a las gallinas»—, tienen como primera línea de trabajo la abolición de toda la ganadería, por lo que esta batalla del lobo les viene de perlas para generar más crispación.

    Seamos serios y, antes de escuchar a estos autoproclamados salvadores de los animales, prestemos atención a lo que tienen que decir los verdaderos expertos en conservación de la naturaleza. El referente que todos tenemos en mente, Félix Rodríguez de la Fuente, un hombre de convicciones muy claras en cuanto al lobo, siempre tuvo muy presente que la conservación de nuestro carnívoro más bello era cuestión de diálogo entre todos.

    No obstante, basta con escuchar cualquiera de sus discursos para darnos cuenta de que en los últimos cuarenta años hemos hecho caso omiso de los avisos sobre lo que le sucedería a la Tierra si no cambiábamos nuestra forma de interactuar con ella. Y en esas seguimos… creyéndonos la especie autosuficiente por excelencia.

Dicho todo lo anterior, no quiero caer en lo que, por habitual, ya casi es una costumbre y cerrar este artículo sin proponer soluciones:

  • En primer lugar, necesitamos un plan de ordenación del territorio creado con lógica y atendiendo las necesidades del rural en su conjunto: ganaderos, agricultores, flora, fauna y masa forestal. Un plan que sea resultado de un diálogo en el que se nos incluya, no una imposición que busque solo el beneficio de las grandes empresas de alimentación o de una empresa que basa sus ganancias en la oferta desmesurada de eucaliptos. Una tierra bien estructurada dejaría hueco a las producciones agroganaderas, a la flora y a la fauna autóctona, y nos libraría a los habitantes de las zonas rurales de los dolores de cabeza de este sindiós que es el plan actual.
  • La segunda premisa para arreglar este problema es permitir la caza moderada o selectiva, no indiscriminada; no solo por el control de población de la especie, sino porque el lobo, a pesar de que aún queda quien lo ve como un animal estúpido, es un animal muy inteligente y, con un suelo bien estructurado y una caza controlada, identificaría rápidamente sus zonas de seguridad.
  • En tercer lugar están las indemnizaciones a los ganaderos por los ataques del lobo —sí, ya estamos «pidiendo más»—. Criar una vaca desde que nace hasta que pare por primera vez es muy caro, y las miserables indemnizaciones actuales apenas pagan la mitad; y eso si llegan, cuando no se agotan el mismo día que se publica la orden de concesión. Si os parece que es mucho pedir, recordad que nuestro trabajo es producir alimentos —esos de los que hace unos meses la población temía quedar desabastecida—, y también que en este país se han rescatado más bancos que productores del sector primario.

    Las indemnizaciones deben ser reales y abarcar lo necesario. Puesto que psicológicamente nadie nos va a indemnizar por perder más y más animales, por lo menos que económicamente sea justo. Hay que tener en cuenta que, si se llevasen a cabo los dos puntos anteriores, estas primas constituirían menos de la mitad de las que son necesarias actualmente.

    También hay quien respecto a estas muertes se ampara en que disponemos de seguros agrarios. Es cierto, las cubren con justicia económica, pero para el ganadero que en un año supera el 5 % de bajas, al año siguiente el seguro se le vuelve económicamente incontratable. Además, después de todo lo que acabamos de exponer, ¿a alguien se le ha ocurrido pensar que estamos pagando seguros para cubrir los daños ocasionados como consecuencia de la dejadez de funciones de nuestras Administraciones? Porque nosotros cumplimos con nuestra parte y pagamos nuestros tributos —aunque uno tras otro sigan permitiendo que no cobremos un precio digno por nuestros productos—.
  • Por último, me cuesta mucho entender por qué se tira tanta carne mientras que el lobo ataca reiteradamente las mismas granjas. Los ganaderos deberíamos poder realizar otra gestión de la recogida y destrucción de animales muertos, una que ayudase a reducir los gastos derivados de un trabajo que podría dar alimento a muchos animales salvajes. No se trata de alimentarlos hasta domesticarlos, sino de ayudarles a sobrevivir sin que para ello tengan que abandonar su hábitat.

Sin duda, este no es un problema de caza sí o no, ni de lobo sí o no; es un problema de falta de diálogo y, sobre todo, de voluntad política, pues son los dirigentes los que tienen en su mano iniciar esa conversación en busca de soluciones. Las palabras «compromiso» y «sostenibilidad» lucen mucho en los programas electorales y en las declaraciones de principios corporativos, pero no son más que un velo para la absoluta inoperancia a la hora de ejecutar el tan prometido plan de desarrollo rural. El ser humano no puede evolucionar a costa de dar la espalda a su entorno o incluso de aniquilarlo. Formamos parte de un ecosistema y ningún medio de producción ni ningún sistema de vida será realmente sostenible mientras no se tome conciencia de que lo que lo rodea también debe serlo. No somos el ombligo del mundo.